Año 2010, el «no inicio» de una nueva década
No dejo de leer en artículos de prensa y blogs referencias a la nueva década que hemos empezado con la entrada del año 2010 y, parece mentira, pero me sigue asombrando que la gente no se haya quedado con el tema cuando se discutió fervientemente hace ahora diez años, cuando empezábamos el año 2000.
También entonces la gente se alegraba muchísimo de entrar en un nuevo siglo, el tan esperado siglo XXI (veintiuno, para los que hayan nacido después del '95). Y también entonces me harté de convencer a la gente de que no se acababa el siglo hasta que no se acabara el año 2000. La analogía de los euros (o pesetas, según con quien hablara) me salía tan de carrerilla que ya había perdido su significado (¿nunca has repetido tantas veces una palabra, por ejemplo «patata», que al final acabas dudando de si realmente se dice así?, pues eso).
Lo que yo llamo la «Analogía de los Euros» viene a ser lo siguiente:
Digamos que me propongo darte veinte euros en céntimos (veinte siglos en años), y te voy a dar diez céntimos de cada vez (décadas). No tendrás el primer euro hasta que te haya dado cien céntimos (diez paquetes de diez céntimos). Cuando te doy el paquete de céntimos número once tendrás un euro y diez céntimos. Así sucesivamente hasta que te haya dado 1.900 céntimos, que son 19 euros. A partir de este momento comenzaré a darte el euro número veinte («siglo veinte»). ¡Ojo! Tienes diecinueve euros y pico, pero estás acumulando el euro número veinte. Después de haberte dado 9 paquetes más tienes 19,90 euros. Los últimos diez céntimos te los doy uno a uno. Con el siguiente tienes 19,91. Uno más y son 19,92. Siete céntimos más tarde tienes 19,99 euros (acabamos de completar el año 1.999) y cuando te doy el céntimo número 2.000, es decir, cuando termino de dártelo y todas las fracciones de ese céntimo (todos los días del año 2.000) hayan pasado a tu mano, es en ese momento, y solo entonces, cuando habrás obtenido 20,00 euros.
Normalmente la gente me queda mirando con la vista perdida, balbuceando «Ah, claro, tienes razón». Pero, en secreto, sé que no lo han entendido. Y lloro un poco por dentro.
















